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Magician, take my spirit
Inside I'm young and vital
Inside I'm alive; please take me away
So many things to do; it's too early
For my life to be ending
For this body to simply rot away
Inside I'm young and vital
Inside I'm alive; please take me away
So many things to do; it's too early
For my life to be ending
For this body to simply rot away
Magician - Lou Reed
Uno
A mí hablame en sujeto y predicado... eso le digo a la gente, hablame en sujeto y predicado. De otra manera no te entiendo. A mí no me va el lenguaje de bulletpoints, de powerpoints, la lógica del slogan, las ideas incompletas, las enumeraciones inconexas de frases sin sentido, arreadas al cerebro como vacas al matadero, sólo que a fuerza de gráficos, iconos y flechitas.
Porque en el fondo yo soy un tipo de textos, de libros, no tanto de personas de carne y hueso...ahí, poco y nada, qué le vamos a hacer. La cuestión es: siempre pensé que en algún momento me iba a largar a escribir, supongo que dejar un rastro escrito era mi manera natural de integrarme al universo de palabras donde me muevo con más naturalidad y menos vergüenza.
Pero ni en mis peores pesadillas imaginé estar escribiendo en esas circunstancias. Cuarenta y tres años, un cuaderno, una cama de hospital, dos miligramos de morfina, cero esperanzas. Exprimiendo cada uno de los instantes de conciencia que me regalan los calmantes hasta que comienzan a hacer efecto. Kick-in, sería en inglés. Siempre me gustaron esas frases en inglés tan directas y sin vueltas, que exponen al castellano como el idioma rebuscado y pusilánime que es.
Lo que tengo claro que esto se termina más o menos acá. Hablamos de días. Percibo todos los signos. Ya no tengo ni sed, y mis períodos de vigilia, se acortan día a día. No hablo mucho, nada de lo que pueda decir sirve a esta altura, y en todo caso, si tengo algo lo reservo para ponerlo acá. Economizo esfuerzos y palabras, como si me quedara un número determinado que hay que gastar de la mejor manera posible. No tengo ganas de convencer a nadie, no tengo nada para ofrecer a cambio de la angustia o conmiseración de los demás. Es como dijo Bonavena: cuando te sacan el banquito, estás solo. Me gusta, sin embargo, que me hablen, con calma, en tono suave, frases simples y asertivas que no esperen una respuesta de mi parte, como si me leyeran los titulares del diario. Es lo bueno que tienen los médicos de Terapia, de tan quemados que están de mirar a la muerte de frente, o los soldados, me imagino. Eso es lo que me gustaría sentir, y no esta expectativa de algo terrible que va a pasar, sin saber bien qué o cuándo, como un permanente despertarse a medianoche con un llamado entrante en el teléfono.
Tambien me gustaria que me pusieran música: Génesis viejo, Seru Giran, quizá Pink Floyd. Hay un disco de Lou Reed (Magic and Loss) que le dedica a un amigo muerto de cáncer (como él, al final). Es un disco sobre la muerte y cómo lidiar con ella, aceptarla. Por morboso que parezca, me encantaría escucharlo ahora. Igual, siempre me olvido de pedir que me pongan música, vaya a saber por qué.
Siempre fantaseé con hacer una playlist para mi velorio. Que la gente se junte y me recuerde con mi música. Empezaría bien abajo Nick Cave, Leonard Cohen, Spinetta y gradualmente iría subiendo, Nirvana, U2, hasta terminar bien arriba, Ramones, Metallica, los Redondos… pero bueno, es otra de las cosas que no va a pasar. Ahora, confrontada con la realidad, me parece una idea presuntuosa, como una ilusión de ser, al menos una vez, el centro de la atención.
Los cambios más notables, de color y temperatura, se sienten en las extremidades, frías en un cuerpo que se sostiene de manera permanente por encima de los 38 grados. Dolor? No en especial. O quizás sí. Lo cierto es que dolor verdadero dura solamente unos instantes, no más que eso. Es como que el cerebro está programado para picos instantáneos de dolor, que se disuelven rápidamente en un malestar general, una sombra residual con la que el cuerpo nos mantiene alerta recordándonos que el dolor puede volver en cualquier momento. Pero este malestar, a diferencia del dolor-dolor, fluye con la conciencia, sólo te das cuenta cuando te concentras en él, y afortunadamente los opiáceos son muy buenos exactamente en eso. Mi teoría es que la morfina no te saca el dolor, sino que te deriva la atención hacia regiones de la conciencia donde el dolor no está.
Últimamente me pasa que me despierto más conectado, con una atención más fina, más afilada, por así decirlo. Dicen que antes del final, el cuerpo se toma un respiro y la mente se ilumina, y uno adquiere un nivel de conciencia superior. Yo creo que es eso. Y pretendo usar estos momentos para repasar en mis últimos meses, reconstruir cada situación, cada detalle, tratar de entender qué fue lo que me dejó acá: fallos multiorgánicos irreversibles causados por intoxicación masiva por nitrato de plomo.
Dos
Hoy me desperté a media mañana. Cada día estoy despierto menos tiempo, pero al mismo tiempo cuento con minutos de enorme lucidez y concentración. Al rato mi conciencia se vuelve inestable y volátil. Solamente tengo lucidez por ventanas, y cuando me recobro ya perdí el hilo de los pensamientos de la ventana anterior. Descubrí que tengo que dejarme mensajes con las conclusiones a las que voy arribando, para poder retomar de ahí y seguir.
Me encuentro con la siguiente anotación de ayer:
“Considerando que el agente contaminante fue incorporado de manera gradual, en dosis crecientes a lo largo de tres o cuatro meses, y considerando que nadie de mi entorno muestra signos similares, tengo que concluir, eliminando cualquier otra hipótesis, que fui envenenado de manera intencional”
Sueño que justo cuando estoy por descubrir quien me envenenó, la morfina hace efecto y pierdo la línea de razonamiento. Esa es mi pesadilla cotidiana. La peor pesadilla, la que aún despierto me da miedo de soñar, es que muero justo en el preciso instante en que descubro quién me asesinó.
Quién en este mundo podría odiarme de una manera tan profunda como para ser capaz de matarme.
El envenenador es un asesino cobarde, huye del momento de la muerte, no enfrenta la última mirada de su víctima, no se ensucia con su sangre. Elude, evita, mata escondido. En mi caso, además, no hay una dosis letal, sino numerosas pequeñas dosis que van acumulando gradualmente su residuo mortal en mi hígado. Probablemente las primeras dos o tres dosis habrán representado alguna especie de dilema moral para él. Pero una vez iniciado el proceso, pienso que ya no habrá significado nada, un trámite solamente. Ninguna de las dosis de veneno que me aplicó fue la responsable de matarme, de manera directa, ningún conflicto ético. Creo que ni siquiera sentirá remordimientos. Mi asesino es alguien que no fue capaz, por cobardía o por amor, de verme morir.
En segundo lugar, para qué? Es decir, quién se beneficia con mi muerte? No tengo un patrimonio que justifique semejante riesgo (ningún riesgo, de hecho), mi esposa gana más que yo. No creo que me engañe, y si en verdad quisiera a otro hombre, simplemente me dejaría. Es una mujer demasiado práctica y concreta como para entrar en este tipo de sofisticaciones. En mi trabajo… Llevo registros contables de una empresa de material ferroviario. Aburrido, mal pago e irrelevante. No se me ocurre que lo que hago represente un riesgo para alguien.
Tres
Amanezco sólo en una habitación común. En algún momento de la noche me habrán sacado de terapia intensiva. Razonable, de hecho no sigo ninguna terapia, ni intensiva ni extensiva. Por la ventana entra natural y potente la luz del sol, todo es blanco y brillante. Veo también copas de los árboles, desde donde se cuelan los ruidos de la calle. Son las once de la mañana y el hospital es un hormiguero. Pero en mi habitación la calma es absoluta. Cada sonido, cada color, cada idea, me llegan con una claridad diferente, percibo todo de una manera más nítida, Como si de golpe los bordes de las cosas estuvieran delineados en negro. Por primera vez en semanas no siento náuseas.
A mi derecha hay una cama vacía. Ya pasé por la muerte de dos roomates en este mes y medio que hace que estoy acá. Recuerdo que la palabra “desahuciado” proviene de una variante arcaica (afiduciare) del latín fiduciare (tener fe). La f aspirada del latín se transforma en la hache de muchas palabras de nuestro idioma. Desahuciado viene a ser aquel o aquello en lo que ya no tenemos fe, yours truly. De ahí que la hache intermedia va entre la a y la u, y no entre la s y la a (deshauciado), como la mayoría lo escribe.
Hoy pensé en pedir que me dejen volver a casa, total, si no pueden curarme, para que me tienen acá? Pero a medida que la condición de uno se agrava, se vuelven más y más irrelevantes sus opiniones. Eso es lo terrible de la enfermedad.
Encuentro las ideas que ayer dejé preparadas para hoy:
“En todo caso, qué es lo que sabemos hasta el momento:
1- Dosis graduales a lo largo de meses. Eso descarta cualquier hipótesis sobre una contaminación accidental. ASESINATO.
2-También descarta cualquier sospecha sobre alguna persona con quien compartí una cena, un café. NO FUE ROBERTO, NO FUE EL ABOGADO.
2- Nadie más está en esta situación, ni Laura, ni en la empresa. NO ES LA COMIDA DE CASA. NO ES LA COMIDA DEL CHINO DE LA OFICINA.
3- El asesino no actuó impulsado por un odio profundo hacia mi persona, ni por emoción violenta, ni por interés.. (??) El asesino es un hombre.
4- Podemos descartar el motivo pasional, no fue Laura, ni su amante, en caso que lo tuviera. (PASIONAL YO???)”.
La investigación criminal siempre se centra en los eventuales beneficiados por el crimen. Herederos, familiares directos, enemigos. Pero quién se beneficiaría de mi muerte? No logro entenderlo. Pareciera ser éste un crimen sin motivos.
Es cierto, precisamente por no tener motivos, es el crimen perfecto. Para el verdadero asesino, para el tipo que goza de la omnipotencia de matar a otra persona, para ese asesino, la víctima es lo de menos. No se trata de la vìctima, sino de la experiencia de matar. La víctima puede ser cualquiera, no importa. Claro. cómo no lo pensé antes… Idiota… No me mató a mí. No sabe ni siquiera quién soy. No me conoce ni le importa. No soy el objeto de su homicidio, soy meramente un medio, un instrumento para la realización de su obsesión perversa. Ninguna conexión. Mientras menos conexión, mejor. El crimen perfecto.
Y entonces todas las piezas empiezan a caer en orden.
El Starbucks de la mañana.
Desde hace unos meses me agarré la costumbre de comprar café para llevar, en el Starbucks de Corrientes, apenas saliendo del subte. Alto Caramel Macchiatto, extra shot, leche descremada. Y por regla general, me lo sirve siempre ese tipo. Raro, es cierto, un hombre de casi sesenta años, muy alto, nariz ganchuda y ojos celestes. Flaco, muy flaco, pero ya en esa etapa de la vida donde la delgadez se traduce en piel floja y rasgos melancólicos. Recuerdo su expresión como si lo estuviera viendo ahora mismo. Recuerdo sus manos, sus dedos extremadamente largos y fuertes. Recuerdo haber envidiado esas manos masculinas. Qué poderoso me habría sentido yo con unas manos como esas. Pero un barista de sesenta años en Starbucks es extraño. Si hubiera sido otro colombiano de veintipico no me hubiera fijado en él.
Y por qué me eligió a mi?
Porque por alguna razón tuve que ser yo y no otro.
Mi muerte ha sido completamente azarosa?
Algo tiene que haberlo hecho decidir por mí, no pudo simplemente haberse propuesto asesinar al primero que pida el café con leche descremada. O será que algo en mí que le hizo recordar a alguien que odiaba? A su padre, tal vez a él mismo? Cual es el sentido de esto? Muero por nada, por un oscuro, insignificante capricho del azar?
Bueno, ahora no me estoy sintiendo bien. Paro acá, pero mañana le tengo que pasar el dato a la gente de la fiscalía. Ahora si me van a dar bola. No me va a ganar este hijo de puta. Me lo llevo puesto.
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