Recorro a pie las cuadras del pueblo que dejé hace cuarenta y cinco años, la mayoría empedradas todavía y arboladas de mandarinas, agrias en general. El carro y la bicicleta han desaparecido de todas partes excepto de mis recuerdos: hoy reina la moto. La explosión de la motocicleta en los pueblos del interior es tan inexorable que puede invocarse como señal de decadencia y de progreso al mismo tiempo.
Desprovisto prácticamente de cualquier emoción, distanciado, como una imagen de mí mismo pasando bajo una ventana, juego a recordar: quién vivía en cada casa, que había en cada negocio. No vine con un propósito en particular, ya no quedan familiares, ni creo que quede ningún conocido; pero por alguna razón sentí que debía volver, aunque sea por un par de días, a buscar algo que, intuì, se me revelaría una vez acá.
Los lazos con el pueblo se fueron cortando de a poco, aun antes que se empezaran a morir: primero de los animales, después los abuelos y los viejos casi enseguida, mi hermano, los amigos y en algún momento entre todos ellos, Martita. Desde que tengo memoria, inclusive antes de irme ya sentía que mis orígenes pueblerinos (y no digo raíces) eran un lastre del que me tenía que liberar. En eso sí, probablemente sólo en eso, fui consecuente una vida entera.
He conocido mundo, y donde estuve me adapté y de a ratos hasta tuve una buena vida. Cambié de país, de casa, de pareja y de idioma con la misma facilidad y desapego. También de ideología, varias veces, de hecho, pero siempre, al fin de cuentas, para terminar sosteniendo tiranías, hasta que ya no me quedó ninguna (ideología) por probar . Viví en grandes capitales aceleradas y desconfiadas y en apacibles suburbios arbolados donde las puertas nunca se traban.
En las grandes ciudades de cualquier parte del mundo, la presencia humana se presenta como un continuo sin forma, sin inicio ni final, mal que les pese a los chicos que matan el tiempo en la ruta buscando el lugar exacto donde la ciudad se transforma en campo. Es al cruzarse con la primera vaca? Es el cuando ya no se ve ninguna construcción? Es cuando se acaba la señal del celular? En todo caso, es un juego imposible, y además, residuo de una dicotomía romántica entre la naturaleza y la civilización. Bien pensado, se han invertido los roles, el campo es hoy en día el lugar del orden y la razón, mientras que la ciudad se volvió el ámbito de la violencia, la mentira y la ley de las apariencias.
En los pueblos chicos la cuestión es, como con respecto a tantas otras cosas, más simple y directa. Los pueblos, empiezan y terminan. Mi pueblo arranca en la ruta, en el negocio de tractores usados, y termina en la barranca sobre el río. No termina en el río, el punto límite y limítrofe del pueblo es la barranca. No es una gran barranca, no vayan a pensar, cuatro o cinco metros más o menos, en condiciones normales, es decir, cuando el río no está muy crecido, como viene pasando en los últimos dos años, según me dicen. El río… El río no forma parte del pueblo, el río pasa por el costado, como la ruta. Representan el fluir, no el estar, lo que viene y lo que se va. Las ciudades son mejores para lidiar con el cambio, los pueblos, en cambio, están hechos de presencias, de cosas y gente que se queda, que se gasta, que se rompe y que se muere.
Mi caminata en zigzag me lleva a la plaza. Todo lo que tiene alguna importancia en el pueblo está alrededor de la plaza que da a la barranca: la intendencia, la escuela, la comisaría, el boliche y las dos pizzerías. Hay más cosas en el pueblo, por supuesto, hay una fábrica de alfajores, un cementerio y una oficina de correo que diseñó un arquitecto famoso en los cuarenta. Supo haber un club de fútbol que le sacó un empate a San Lorenzo en el Nacional del 77 o 78, pero del que se robaron, como corresponde, hasta los arcos. De alguna manera nos ha ganado la convicción de que la barranca es el elemento esencial de nuestro pueblo, la referencia de nuestro flaco orgullo. La barranca es lo que ha resistido, con la fortaleza de la geografía; es hoy en día el centro de la vida social, el paseo de los domingos, es adonde se lleva a la gente que viene de visita, es la imagen del escudo que pretenciosamente pintamos en las puertas de los tres patrulleros.
Como decía, quedan otras cosas interesantes en el pueblo. Está el consabido busto de Sarmiento, anciano, cabezón, de cuello duro y moño. A los militares se los representa de cuerpo entero y en acción, de a caballo y sable en mano, a los patriotas civiles les alcanza con un busto. Supongo que dado que su aporte a la patria fue solo con el cerebro, homenajear su cabeza viene a ser suficiente. Sarmiento lo odiaría. Él siempre se pensó un hombre de acción, se hubiera reído de esta iconografía de abuelo severo pero bueno que se le ha creado. Le encantaban los uniformes militares, y así prefería ser retratado, especialmente de jóven. Estando en Montevideo, al anoticiarse que Urquiza preparaba el Ejército Grande para bajar hacia Buenos Aires, se embarcó a Entre Ríos, no sin antes agenciarse el uniforme más adornado y emperifollado que su modesto presupuesto le permitió adquirir. Quizás en su marcha hacia Caseros para deponer a Rosas, en 1852 haya pasado por acá y quizá se haya asomado a contemplar el río desde la barranca. Nunca lo sabremos, y menos ahora, que hemos invertido quiénes son los buenos y los malos de esta historia. Qué pensaría Sarmiento de nuestra manera de recordarlo?
Dos cuadras atrás de la plaza está la estación, y al frente un conjunto de tres triángulos de hormigón blancos, de varios metros de alto, montados sobre una plataforma circular del mismo material, mal pintado de celeste. El conjunto viene a representar una alegoría al descubrimiento de América. Allá por los sesenta algún gobernador uniformado habrá venido a inaugurar el monumento, ante los chicos del colegio acomodados en rígida formación, y habrá dado un discurso sobre la pacificación del país y la necesidad de rescatar la experiencia de nuestros héroes del pasado. Pero con el tiempo, aparentemente, la aventura descubridora de Colón (las carabelas, las joyas de la reina, el huevo) ha dejado de caernos simpática, de manera que el monumento no es hoy motivo de orgullo, y hasta nos da un poco de vergüenza, no lo destruimos, pero tampoco lo miramos, pasamos de largo y hacemos como si no estuviera. El conjunto escultórico, por llamarlo de alguna manera, no ofrece un gran valor artístico, y ciertamente conoció mejores días, pero es grande y de hormigón, con lo cual cumple con el canon estético básico de los intendentes de pueblo de nuestro país.
Vuelvo a la barranca, aprovechando una vereda que han agregado, se ve que recientemente, ya que todavía hay un sector en obras. Nunca me gustó la barranca, para mí siempre fue más que nada un obstáculo para aprovechar bien el río. No sirve para nadar, no se puede pescar, ni se puede navegar. No sirve para nada, solo para mirar desde arriba el río que pasa y los barcos que bajan cargados. Y sin embargo, todo el mundo ama la barranca. De ser por mí, hubiera hecho el pueblo unos kilómetros para el norte donde hay una costa plana que permite acceder y disfrutar del río sin problemas.
Sigo recorriendo, sin encontrar aún cuál es el recuerdo que vine a recuperar. No aparece. Todo lo que encuentro, además, está parecido, pero apenas diferente, cancelando la emoción de cualquier reencuentro. A medio camino entre la barranca y la entrada del pueblo me encuentro con la otra plaza. Es cerca de donde fue mi casa, y resultó el lugar de juegos de mi infancia. Habian construido un atalaya de madera, en recuerdo del fortín contra el indio que dio origen al pueblo y que, a falta de una localización precisa, todos aceptamos suponer que había estado alli. El atalaya estaba, segun recuerdo, habitada por un halo de misterio y aventura. Armados de palos y piedras, éramos los héroes que defendían al pueblo del ataque del malón que venía a robar el ganado y las mujeres. Éramos la última frontera de la civilización, la última línea de defensa. Sin embargo hoy está abandonada, ni rastros del atalaya, y en su lugar se ha puesto una placa que recuerda a los pueblos originarios de la zona, como recordándonos que jugábamos mal, y que en realidad éramos los malos. Me cuesta hacerme amigo de esa idea.
Ya siento que fue suficiente por el día. Vivimos el el tiempo que nos toca y punto. No tengo problemas con los cambios del presente, son los cambios del pasado los que me desequilibran. Vuelvo a la pensión, recorriendo las mismas calles, con las casas de siempre, pero habitadas por gente nueva. El pueblo está igual, pero no dejo de pensar que nada en él es lo que era, y que si mi en visita buscaba encontrar mis orígenes, mi verdadera esencia, lo que me llevo no me está sirviendo para nada. Está como yo, igual, pero al mismo tiempo diferente, como destripado, vaciado, sin significado. Dejo para mañana la visita al colegio, aunque reconozco que ya tengo un poco de miedo de ver con qué voy a encontrarme.
No duermo bien. Demasiado silencio. Temprano arranco para el lado de la ruta, a unos dos kilómetros cruzando, por camino de tierra, estaba el Colegio. Un internado de curas fundado en la década de 1870, sobre una parcela de varias hectáreas donada por algún hacendado de la época. Con los años los curas habían construido un edificio de una planta, largo, más de una cuadra, y doblado hacia adentro como una U hacia un patio enorme rodeado de una gran galería con arcadas. El colegio era un modelo en toda la provincia, recibía chicos de toda la zona y contaba con talleres diferentes oficios que se aprendían ahì: carpinterìa, mecánica, electricidad, y hasta una fundición de hierro. También había una huerta y una cancha de futbol. Viví en el colegio entre los 9 y los 16 años, me cuesta encontrar recuerdos que no están atravesados por ese sentido de compañerismo cultivado con los otro muchachos, y de autoridad que destilaban los curas en cada una de sus lecciones. Me costó verlo así, cerrado y abandonado, medio invadido de yuyos y animales. Lo tuvieron que cerrar, me informa un chico a caballo que pasa por el camino, cuando se ventilaron los primeros casos de abuso sexual.
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