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el cenicero

Por más que hoy no cumple esa función estrictamente, se trata sin lugar a dudas de un cenicero, y eso es porque los objetos derivan su esencia de la finalidad con la que fueron construidos. El objeto, una vez liberado de la artificialidad del adorno, revela su identidad pura en la pura utilidad. Y como toda identidad inanimada, no cambia nunca. Puede ser usado para otra cosa, como en mi caso para dejar las llaves, pero eso no lo convierte en un cuenco para llaves sino, en todo caso, en un cenicero que alguien usa para dejar las llaves, de la misma manera que el libro que sostiene la pata más corta de la mesa no se convierte en un taco de madera.
El cenicero es la pieza focal de los recuerdos de mi infancia, que se disparan al evocar el olor dulce de los cigarros del abuelo Bernardo sentado en su sillón sobre dos almohadones verdes, con sus piernas cortas y pesadas sobre un puf. En los setenta un puf se me revelaba como el sumum del confort y la sofisticación. A la espalda del abuelo se abrían las dos hojas de una ventana desde la cual, si uno tomaba coraje y asomaba la cabeza lo suficiente, se alcanzaba a ver un pedacito de la plaza San Martín (justo en la barranca donde nos tirábamos rodando), y para el otro lado el Bajo y un poco más atrás el río desde donde las sirenas de los barcos anunciaban las doce el treinta y uno a la noche.
En concreto el cenicero se trata de una pieza redonda, cilíndrica debería decir, de unos veinte centimetros de diametro, por unos siete u ocho de alto, rústica al tacto y a la vista, del color marrón gastado del barro mismo con el que seguramente está hecho. En su momento se apoyaría en una especie de pie o algo, porque de alguna manera quedaba a la altura del brazo del sillón. 
Pienso bastante seguido en los procesos de la memoria. A veces me parece que cada vez más entendemos lo que hacemos y lo que nos pasa a partir de analogías con computadoras. NOs parece que recordar es de alguna manera acceder a un contenido que estaba guardado, archivado en una memoria, cerebral, como en una especie de disco duro super rápido. Pero recordar es muchas veces otra cosa, no solamente acceder a datos archivados, sino rescatarlos y revivirlos, recuperar lo que nos hicieron sentir en su momento. Eso es recordar: re-cordar, volver a pasar por el corazón. Eso es lo que pasa con el olor de los cigarros del abuelo, aun cuando es imposible reproducir un olor desde la memoria, resulta perfectamente posible evocar ese asomarse a un mundo perfumado, misterioso, adulto.
Cuesta recordar al abuelo sin sus toscanos. Supongo que no fumaba permanentemente, pero el resumen, la caricatura que queda en nuestra memoria, como cualquier caricatura solamente toma un par de características, las más salientes, una nariz, por ejemplo, y pone todo el foco en ellas, exagerandolas y convirtiéndolas en las únicas dignas de conservarse.
En la parte superior del cenicero hay tres muescas anchas, gruesas, para apoyar los cigarros. Un cigarrillo bailaria en ellas. Estas muescas dividen el anillo superior del cenicero en tres segmentos iguales, cada uno de ellos compuesto por tres pequeños rombos laqueados en un amarillo chillón. Cada rombo, a su vez, está separado del siguiente por una línea pintada de un rojo ciruela. Como guiado por un horror al vacío, cada rombo laqueado está a su vez adornado nuevamente por un rústico diseño circular.
El relato familiar era que el abuelo había tenido varias pizzerías junto con otros socios, gallegos en su mayoría: en Rivadavia y Callao, en Corrientes unas cuadras antes de Canning, varias. Se trataba de esos arreglos, presumo, en donde uno pone la plata y los otros capital, pero eso, como todo lo de abuelo, había sido antes de mi época, en el tiempo de sus recuerdos y de las anécdotas de sus conflictos con el Peronismo en su tiempo. Yo no recuerdo prácticamente haberlo visto fuera del sillón. El abuelo siempre fue viejo, y las pizzerías nunca existieron para nosotros más allá de nuestra mirada de cinco años, entre sorprendida y orgullosa cada vez que pasando con el auto, papá nos mostraba el local donde había estado alguna, y que inefablemente albergaba en ese momento, algún otro negocio, gastronómico casi siempre, y probablemente bendecido con mejor suerte.
Como una franja que curiosamente remite a las luces exteriores de un ovni, el cenicero tiene a su alrededor unas pequeñas salientes en la forma de cuadraditos de unos dos centímetros de lado coronadas por un círculo, tallado y pintado de mismo rojo ciruela de las líneas de la parte de arriba. Quince en total.
La de la llegada de los padres de Bernardo a Buenos Aires, como buena historia de inmigración judía, incluye persecuciones religiosas, pobreza, escapes a campo traviesa en la estepa ucraniana, barcos zarpando de Odessa con destinos desconocidos, hermanos muertos contra alambres de púas, parientes que hicieron fortunas en Estados Unidos, conventillos, peleas a muerte entre hermanos y esas cosas.
El interior del cenicero,a diferencia del resto, lo descubro ahora. Parece haber estado pintado, esmaltado, esa es la palabra, de un verde oscuro, pero intenso. El interior es la única parte de la pieza en donde la pintura esta saltada, indudablemente por el efecto de décadas de ceniza caliente.
Cuando se muere la abuela, unos diez años del abuelo, hubo que vaciar el departamento. Para ese entonces yo ya tenía dos bebes y mi propia casa donde llevarme algunos de los muebles, que invariablemente colapsaron a los pocos meses, como no soportando estar en otro lado. Allí recuperé el cenicero, unos seis o siete libros invariablemente titulados “historia del Judaismo” y otros tantos en idish, que guardé un poco como homenaje a la abuela y otro poco como alimento de alguna fantasía frustrada de anticuario que albergaría en aquellos días.
Me resulta imposible descifrar la antigüedad, la procedencia o el estilo del cenicero. Me gustaría que hubiera venido desde Europa con algún antepasado, aunque lo dudo, probablemente sea una pieza de algún artesano de los sesenta. Lo tomo en mis manos y observo la parte inferior, la base, por primera vez, en busca de una marca, un sello, alguna señal que me permita aunque sea elaborar una hipótesis sobre su origen, pero me encuentro solamente con el marrón barro, más puro, más claro, menos gastado que en la parte superior, cruzado por rayas en forma de triángulos burdos y desiguales, como marcados con un palillo o un clavo sobre la arcilla todavía blanda.
El cenicero quedó en la otra casa durante los años nómades después de la separación, pero en un momento dado se me hizo necesario recuperarlo. Fue lo único que me quise traer.
Hoy son los bisnietos de Bernardo quienes dejan las llaves en el cenicero: no saben su historia, no conocieron a los personajes, y con toda razón, no les interesa.
Pero quién sabe algún día cuando yo deje de necesitarlo se lo llevarán a su propia casa, en Buenos Aires o vaya a saber adónde, y les dirán a sus hijos que se trata del cuenco de las llaves de la casa de su viejo.
Quizá en ese momento se les pase fugazmente por la cabeza la ilusión de que también a ellos, a sus propios hijos, en su momento, les gustara tener en casa algo que era de su abuelo.

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