La vez pasada escribí un cuento, una historia simple, una historia de redenciòn en la cual a una persona buena pero infeliz, de repente la suerte se le daba vuelta para bien y finalmente encontraba la felicidad, como una recompensa a cierto acto de bondad. Se trataba de una historia de redención personal, y también una de esas historias ordenadoras, como los cuentos de superhéroes, en el cual, a final de cuentas, se alinean el bien y la felicidad, lo cual es una de las paradojas fundamentales de nuestra ética: entender por qué, a veces, a los obran mal les va bien, y a los que obran bien les va mal. Es decir, cómo conjugar la ética con la realidad. La historia está llena de intentos de acomodar la angustia terrible que genera la certeza (de la que casi nunca hablamos), de la que la moralidad de nuestros actos no tiene nada que ver con los resultados de los mismos.
La cuestión es que una de las devoluciones del cuento me quedò dando vueltas en la cabeza: por qué lo hice bueno al personaje. No serìa mejor el cuento si el personaje, en lugar de albergar en su casa a dos chicos de la calle, obrara de manera opuesta, por ejemplo, llevando a los chicos a casa para asesinarlos salvajemente.
A partir de ahi anduve varios días con la idea de hacer un cuento sobre una persona mala. Irremediablemente, completamente, absolutamente mala. Ese personaje no apareció nunca. Es decir, podìa pensar en asesinos, violadores, asaltantes. Pero al intentar construirlos como personajes, siempre aparecen circunstancias explicativas, justificaciones, causales. Que un trauma infantil, que una crianza plagada de violencia, que una necesidad acuciante, dilemas morales, arrebatos momentaneos. Lo que yo buscaba era un cerebro que estuviera perfectamente en condiciones de identificar el componente ético de las acciones (que supiera lo que es el bien y el mal), pero que fuera al mismo tiempo incapaz de evaluarlo, de ordenarlo, de establecer un orden de preferencias sobre las diferentes acciones. Alguien que sabe lo que es un asesinato y un asado, pero no puede establecer qué es lo que prefiere. Es decir, no entiende por què el bien debería guiar sus acciones. Como una conexión neuronal que le falta, como esos personajes raros de Oliver Sacks.
No encontraba al personaje. El mejor que encontré fue Hannibal Lecter, de El silencio de los inocentes. Cumple varias de las condiciones, su maldad no es irracional, es calculada. Su maldad no es motivada por codicia, lujuria, es el disfrute mismo de la acción, exenta de cualquier cualidad ética. Hannibal no hace solo maldades (de hecho, ayuda al personaje de Jodie Foster), pero lo genial es que para, él, asesinar y cocinar a un amigo, o ayudar a Jodie son lo mismo, ninguna de las dos acciones es mejor que otra. En algun punto no es ni bueno ni malo, esa es una categorìa que simplemente, no aplica, no tiene. Aunque sì se LE aplica. Pensé que lo tenìa, pero despues me acordé de la secuela del Silencio… en donde cometen la tonterìa de contarte la infancia de Hannibal, y mostrarte una escena de trauma infantil que es el origen de su canibalismo (unos nazis lo hacen comerse a su hermana muerta, algo así). Una pena, arruinaron lo mejor que tenìa Hannibal como personaje, el absoluto de la maldad.
Llegue a la conclusión que la maldad absoluta, irrestricta no puedo pensarla más que como por la negativa.
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