La cultura Kochoví, desarrollada entre los siglos XVI y XIX en la región pampeano-norpatagónica constituye un objeto elusivo y decepcionante para la tradiciòn etnológica argentina.
La información que nos ha llegado es fragmentaria y dispersa, debido a que los kochovìes no conocieron forma alguna de escritura (como todas las culturas originarias de América del Sur), a que prácticamente no dejaron restos arqueológicos (su uso de construcciones y utensilios de piedra era prácticamente nulo) y, obviamente, no existen hoy en día sobrevivientes a quienes estudiar.
Contamos con algunas fuentes testimoniales de primera mano, en particular una serie de catorce cartas enviadas por fray Gabino Mendiguru, religioso vasco que convivió más de diez años con los Kochovies promediando el siglo XVIII. Sus primeras cartas refieren valiosa información sobre las creencias religiosas y costumbres kochovíes, mas a medida que fray Mendiguru avanza en una integración real a la vida de la tribu, los textos se vuelven confusos, irracionales y al final absolutamente ininteligibles. En segundo término, contamos con los Apuntes de la Campaña de Rosas al Desierto, edición del autor, Coronel Narciso del Valle (1845), texto en el cual se referencian leyendas e historias sobre las diferentes tribus de la región, aunque no relata encuentro directo alguno, en la medida que el Coronel del Valle cayó enfermo apenas salido de Buenos Aires, y permaneció la mayor parte de la campaña encerrado en el fortin Melincué presa de delirios febriles.
De origen étnico incierto, aunque diferente de los grupos vecinos (tehuelches y mapuches) con quienes compartían no siempre de manera amistosa las planicies pampeano-patagónicas, los kochovies son descriptos como ¨de elevada estatura, porte distinguido y aspecto orgulloso¨ Tanto hombres como mujeres utilizaban una prenda amplia que cubría desde la cintura a la rodilla, y las mujeres, destacadas unánimemente por los cronistas a causa de su singular belleza física, utilizaban ornamentos realizados en hueso y plumas de avestruz.
El atractivo y fogosidad de la mujer kochoví ha sido remarcada por todas las fuentes disponibles, y en particular se estima que fue la causa de la gradual transformación de carácter evidenciada en la correspondencia de fray Mendiguru a lo largo de los últimos seis años de su misión con el grupo kochoví en el cual, tras serias penurias personales, sería finalmente asimilado.
Con respecto al idioma, el kochoví no guarda relación lingüística con cualquiera de las lenguas habladas por los pueblos con los que podrían haber tenido algún tipo de contacto, ni de raíz araucana (mapuches, tehuelches, pampas), guaraní (guaraní, mocoví, pilagá), o quechua (inca, huarpe, kolla). Se ha postulado cierta familiaridad entre el kochoví con algunas lenguas de raíz maya-azteca, pero las escasas palabras kochovies que han llegado hasta nosotros son insuficientes para realizar un análisis lingüístico completo. Estas similitudes se han citado como evidencia en favor de la hoy descartada teoría del aventurero noruego Thor Eyerdahl, según la cual, Africanos mediterráneos de raza blanca habrían unido Egipto con Yucatán (Centroamérica) en livianas embarcaciones de papiro. Estos inmigrantes africanos, habrían sido los constructores de las Pirámides escalonadas de Yucatán y habrían sido una de las diferentes oleadas de poblamiento de América. Para mayor información, consultar bibliografía sobre la Expedición RA 2 (1970).
La particular organización social del pueblo kochovi ha sido siempre un dilema para los estudiosos. Podemos decir, en principio, que los kochovíes carecían tanto de un liderazgo jerárquico-caudillesco como de una estructura de familia nuclear. La sociedad kochoví se organizaba en seis clanes, identificados totémicamente con animales de la región -curiosamente roedores en todos los casos: laucha, cuis, vizcacha, ratón, nutria y carpincho. Sin embargo, la composición de dichos clanes variaba anualmente. Durante las festividades solares (“fitopá) que correspondian a la primera luna nueva posterior al solsticio de verano, todos los miembros de la tribu eran reasignados a alguno de los clanes de manera aleatoria, aun cuando esto implicara, por ejemplo, la separación de hijos de sus madres. El contacto sexual fuera del clan era tabú, mientras que no existían restricciones para el comercio sexual interno al clan, con la particularidad de que la elección de los compañeros era prerrogativa exclusiva de las mujeres. Sin embargo para las relaciones homosexuales, la regla era inversa, es decir, estaban permitidas entre miembros de diferentes clanes, pero estaban rigurosamente prohibidas dentro del clan. Estas reglas apuntaban a garantizar la máxima variabilidad genètica en un grupo relativamente pequeño, no obstante durante años ha servido de excusa para alimentar el mito de la sensualidad y lascivia de los kochovìes..
Cada uno de los clanes se asentaba en un conjunto de chozas y toldos que se ordenaba de manera radial alrededor de un centro común que funcionaba como cementerio ritual y al mismo tiempo como instalación sanitaria (letrina). En sus primeros dos años de convivencia con los kochovíes, fray Mendiguru fue confinado a este espacio de manera permanente, lo cual presentó claramente un desafío para sus eventualmente fallidas intenciones pastorales. Todos los asentamientos daban rigurosamente la espalda a este centro, que se resignificaba durante la mencionada festividad del fitopá, que tenía lugar precisamente allí. Una vez cerrada la conformación de los clanes para el año que se iniciaba, todas las edificaciones del año anterior eran destruidas y se confeccionaban nuevas.
El funcionamiento económico de la cultura kochoví puede describirse como un comunismo primitivo con especialización productiva, es decir: cada uno de los clanes se realizaba una única función (caza, recolección de frutas, construcciones, producción de textiles, e inclusive, cría de avestruces). Esta última fue sin duda el gran logro evolutivo de los kochovíes, aunque tamboén un foco de conflicto con las tribus araucanas vecinas, que frecuentemente incursionaron en el robo, tanto de avestruces como de mujeres.
Afirma Mendiguru: sorprenden las costumbres de estas gentes, por cuanto labores de todo tipo, desde la caza hasta el cuidado de los infantes es realizado de manera indistinta por los fornidos kochovíes así como por las mujeres, criaturas de orgulloso porte y mirada sensual que pueden empuñar una lanza o dominar un caballo con la misma maestría que sus compañeros.
Las actividades guerreras y de pillaje nunca fueron centrales en su cultura, mayormente pacífica. Los resultados en la caza y la recolección son el factor sobre el que se edifica la limitada estratificación de la sociedad kochoví. Lo producido en tales actividades se distribuye de manera equitativa entre los clanes. Este acto de compartir (“xpinet”) constituye una forma de asegurarse la continuidad de la buena suerte (“ceherat”) en la creencia kochovi. En términos prácticos, constituye una garantía de supervivencia en periodos de mala suerte (“charpentí). La religión kochoví se basa, entonces en el eje dicotómico “ceherat”-“charpentí” (buena suerte-mala suerte). Pero como la suerte fluye de manera variable, los kochovíes carecen de la figura de un sacerdote o chamán. Las actividades rituales eran presididas por un miembro cualquiera, a quien se identificaba por su circunstancial buena fortuna, ya fuera a partir de una buena cacería, el encuentro de algún elemento valioso (desde una vertiente de agua fresca hasta una piedra de singular belleza), etc. En algún momento de su evolución los kochovíes desarrollaron la técnica del sorteo para dilucidar sus cuestiones internas, para lo cual desarrollaron un curioso dispositivo de con piedras de colores, de funcionalidad similar a la de un bolillero, el “ktcharli”. Suponemos que en un principio resolvían por sorteo solamente pequeños conflictos personales, pero con el tiempo más y más cuestiones de la vida de los kochovíes fueron resolviendo sobre la base de dar intervención al azar.
En su tesis doctoral de 1912, Benigno Arguiñano sostiene la tesis de que la intensa actividad sexual de la kochovíes obedece a la creencia que la suerte (ceherat) se transmite por este medio.
Lo cierto es que ya entrados en la segunda mitad del siglo XIX encontramos a los kochovíes en franca decadencia, probablemente debido a la pésima calidad de sus decisiones tribales producida mediante la técnica del sorteo, factor que ya a esta altura gobernaba, cual transtorno obsesivo compulsivo, hasta los aspectos más nimios de la vida kochoví.
Volvemos a tener noticias de este pueblo en ocasión de la Campaña al Desierto, cuando al amanecer del 4 de mayo de 1879, en el paraje de Santa Isabel, cerca de la confluencia de los ríos Atuel y Salado (actual provincia de La Pampa), un grueso contingente de kochovíes, se presenta ante la 4ta división del Ejército Nacional al mando de Brígido Napoleón Jerónimo Uriburu Arenales (Uno de los trece hijos de Evaristo de Uriburu –y, por consiguiente, hermano del futuro presidente José Evaristo Uriburu). Es probable que la intención de los kochovíes haya sido pacífica, pero lo cierto es que los intérpretes que acompañaban la expedición provenían de etnias rivales, y es probable que hayan informado erróneamente al Brigadier Uriburu, a resultas de lo cual el contingente kochoví fue masacrado en el acto.
Se trató de un golpe de muerte para la ya decadente cultura Kochoví. Reportes periodísticos de la época dan cuenta de la captura de entre 100 y 200 niños kochovíes entre cuatro y doce años de edad, quienes fueron trasladados a la Ciudad de Buenos Aires para ser colocados en casas de familias patricias, lo cual, como sabemos, fue la práctica cotidiana con los niños capturados en los campamentos indígenas conquistados,
En este caso particular, y con el objeto de evitar, para estos niños, un futuro de servidumbre doméstica, se registra la intervención de miembros de la creciente colectividad italiana, en particular hogares de simpatías republicanas, garibaldinas y hasta anarquistas quienes se volcaron masivamente a ofrecerse como guardianes de estos niños. De este modo, los niños kochovíes iniciaron su proceso de asimilación a la sociedad argentina de fin del siglo XIX. Algunos de estos niños y niñas registran participaciones decisivas en varios hechos relevantes de las primeras décadas del siglo XX, como la fundación del club Boca Juniors, y las primeras huelgas obreras en la Argentina, como la huelga de los inquilinatos en 1907 y la Semana Roja de 1909.
A partir de este momento, se pierde todo rastro histórico de la existencia de los Kochovíes.
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