Me gusta quedarme en la oficina después de hora. No es que haya tareas que requieran atención inmediata: mi trabajo se compone mayoritariamente de cuestiones que pueden esperar. Es la tranquilidad y el silencio que transmite ese lugar, frenético minutos antes, lo que me hace bien. Además, nadie me está esperando en casa, la vieja casona de Lomas en la que me fui quedando, y hoy es absurdamente grande para su único ocupante.
El lunes pasado, ese de tanto calor me quedé al fresco del aire acondicionado, haciendo tiempo para evitar la hora pico. Me acomodé en el escritorio y me calcé los auriculares para ese compilado de youtube (Metal Argentino: V8, Almafuerte, Hermética, Rata Blanca). Me enteré en Facebook que el 23 de julio se celebra el día del payador; que Messi lleva 507 goles en 583 partidos en el Barcelona y que en una manada de lobos, los viejos y débiles van adelante, mientras que el macho dominante es el que cierra la fila. Likeé la felicidad conyugal de dos ex compañeros a quienes conozco demasiado bien como para creérsela. El grupo de whatsup del colegio avanza con rumbo decididamente porno-gay: los muchachos mantienen su vocación adolescente de forzar los límites de la grosería. Confirmé OK para el fútbol del Jueves (no pensaba ir). Tenía dos mensajes. Mi hermana desde Barcelona (“cómo estás Andrés, hoy es el aniversario de papá, vas a hacer algo?”) y Laura (“esta semana tampoco no nos vamos a poder ver”). Así, sin ofrecer una explicación, que de cualquier manera no me hubiera animado a pedirle.
Finalmente derivé hacia los portales de empleo.
Las personas activan su ilusión por diferentes razones. Mi vieja devoraba suplementos de viajes y canales de cocina, imaginando experiencias sofisticadas en exóticos destinos tropicales. Mi hermana recorre las vidrieras como si los modelos de los maniquíes le fueran a quedar, y pudiera pagarlos. Para el tarado de mi jefe, cada mujer que cruza por la calle, presenta variaciones de una misma y frustrada fantasía sexual.
Lo mío son los portales de empleo. Cierta habilidad para el dibujo técnico cultivada gracias al compromiso personal de un profesor del Secundario, más dos años de Ciencias Económicas constituyen el modesto capital con el que cuento para estas cuestiones. Sin embargo, recorro los anuncios para asomarme a un mundo en el que sí existen opciones. Cada búsqueda me propone, como en universos paralelos, lo que mi vida podría haber sido, lejos del tedio en que se convirtió aquello que en algún momento soñé como una carrera. Me veo ordenando instrucciones por celular de riguroso traje oscuro por la city, o llegando a una casa en Nordelta, en uno de esos autos largos y aburridos de ejecutivos, donde me esperan una esposa, tres hijos rubios y un labrador. O a veces, me imagino en aeropuertos. Los aeropuertos dicen éxito y sofisticación mejor que ninguna otra cosa.
Me entrego embobado a propuestas para “asumir desafíos”, “generar impactos”, “trascender y dar vida a las ideas”, “encontrar oportunidades”, “desarrollar potencial”, y vaya a saber qué pavadas más, siempre que disponga de las “ganas de crecer”, la “ambición”, la “energía”, el “talento”.
Llegado a este punto me fuerzo a la ingenuidad y a la expectativa, envío cuatro o cinco aplicaciones, como mensajes en una botella a la espera de un rescate que, seamos sinceros, resulta improbable cuanto menos.
***
La peor hora había pasado, así que el subte de regreso resultó casi soportable; y llegué a Constitución con tiempo justo para el tren de las nueve y cuarto. Hacía el mismo calor que al mediodía, en uno de esos días de verano en los que todo en Buenos Aires se parece fundirse en un fluido viscoso y sucio. El público del Roca pasadas las ocho cambia bastante. Poca gente, estudiantes que vuelven de la facultad, empleadas domésticas de mirada cansada y un grupo de senegaleses hablando a media voz, en un idioma ininteligible. Ninguno de ellos mostraba las obvias marcas de transpiración que traíamos el resto de los mortales.
Llegando a Lanús aparecieron dos chiquilines. Tendrían unos nueve años el mayor y no más de cuatro o cinco el más chico. Supuse que serían hermanos. Iban de la mano y en silencio. Traían unas estampitas desgastadas que dejaban en la falda de la gente, y pasaban a retirar después, junto con algunas monedas que alguien les fuera a dar.
La devoción a San Expedito en Buenos Aires ha crecido en proporciones sorprendentes, aun cuando no se trata de un santo reconocido oficialmente en la liturgia católica. Evidentemente, el carácter inmediato de sus intervenciones se acomoda al signo de los tiempos.
En todo caso, los chicos no tuvieron suerte en mi vagón, pero me los quedé mirando mientras terminaban de recoger las estampitas y encaraban para el vagón siguiente. Algo en los ojos del más chiquito, en un breve instante en que nuestras miradas se cruzaron, me resultó inquietante, perturbador, como una mirada de viejo sabio. Hubiera jurado que me iba a decir algo, pero su hermano mayor lo tironeó de la remera y se lo llevó.
Justo en ese momento siento el pinchazo atrás. Más precisamente, algo puntiagudo presionado contra mi espalda. -”Gato, dame la billetera y el celular, rápido”- No era la primera vez que me afanaban, y a esta altura ya aprendí, a la mala, a no oponer resistencia. Es lo bueno de ser pobre: el teléfono tenía la pantalla estallada y, con respecto a la billetera, digamos que no creo que fueran muy lejos con lo que había. -”Dejame los documentos, dejame los documentos, que a vos no te sirven para nada”- les rogué sin éxito ni mayores expectativas mientras corrían hacia el vagón siguiente. No puedo decir que recuerde sus caras, y aún así… de qué me iba a servir. Igual, los hijos de puta no se privaron de darme un golpe en la cabeza (no sé con qué), que si bien no me hizo mucho daño, me dejó atontado lo suficiente como para abortar cualquier reacción de mi parte. Los senegaleses, a todo esto, miraban con curiosidad, manteniendo una distancia respetuosa sin atreverse a intervenir. Me pareció evidente que comparaban con su país de origen, y temí que no saldríamos bien parados en dicha comparación.
Para cuando bajé en la estación de Lomas, solamente quería llegar a casa, darme una ducha fría y dar por terminado el día. Sin embargo, mientras recorría el andén desierto, aparecen los dos chiquilines del tren, nuevamente, tomados de la mano. -”Señor, señor, encontramos su billetera”- dice el más chiquito, -”la tiraron en el tacho de allá, siempre hacen lo mismo”-.
-”Uy, chicos, muchas gracias. Me salvaron. Acá están mis documentos... Me dejan que los invite a comer algo?”-
- “Señor Ud. no tiene plata, se la robaron”.
Terminamos en casa.
Los chicos se limitaron a comer en silencio unas pizzas del delivery de la esquina. Sólo después de comer, y muy de a poco, se fueron soltando. El mayor, al principio se mantuvo distante y algo desconfiado. El más chico, por el contrario, estaba radiante. Me fueron contando su historia, de cómo se habían fugado del Hogar junto con otros chicos más grandes que después los habían abandonado. Su historia ilustraba sobre esas largas cadenas de fracasos personales, familiares e institucionales que terminan con gente en la calle. Me hablaron de su mamá, probablemente en Formosa, a quien pensaban ir a buscar cuando fueran más grandes; me contaron de la vida en la Estación de Lomas, y de cómo otro grupo de chicos, probablemente los que me robaron más temprano, los terminaban echando casi todas las noches. Asombrados por las dimensiones de la vieja casona, me preguntaron si era mía, quién más vivía allá. Me preguntaron si tenía novia. “Algo así” -contesté- “pero no estoy muy seguro”. Me pareció percibir la misma mirada cargada de dobles intenciones que había visto en el tren. Los invité a quedarse a dormir en casa.
Esa noche refrescó y pude por fin descansar profunda y pacíficamente. En sueños volví a ver a Rambo, mi perro de cuando era chico, en esa misma casa, cuando vivían mis viejos. Volvíamos del colegio con mi hermana, él nos salía a buscar cuando doblamos la esquina. Saltaba, ladraba, se emocionaba. Vivía para ese momento. Me levanté pleno de esa sensación de que la vida de otro ser está atada de manera indisoluble a la de uno. Hacía años que no lo recordaba.
Esa mañana, después de desayunar, dejé a los chicos en la estación de camino a la oficina. Eso sí, quedamos en vernos a la vuelta, y cenar de nuevo. No tuve un buen día, me sentí inquieto, agitado, no podía concentrarme. Usé´mi hora de almuerzo para comprar un celular nuevo, y terminé comprando zapatillas para ellos. A eso de las tres de la tarde recibí el siguiente correo:
Andrés:
Tenemos el gusto de contactarte en referencia a tu postulación para el puesto de Executive Project Manager. Hemos considerado tus antecedentes, y quisiéramos citarte a una entrevista con nuestro Senior Recruiter. Existe una fantástica oportunidad de desarrollo en nuestra organización.
Llegué a Lomas al atardecer. Encontrarlos en el andén me llenó de un entusiasmo del que ya no me creía capaz. Recorrimos a paso lento las pocas cuadras hasta la casa, repitiendo las rutinas de mi camino: el saludo al kioskero de la estación, el ladrido del perro de la esquina, la vecina mirando por la ventana quién está llegando. Cenamos temprano. Hice una cantidad exagerada de milanesas y de papas fritas. Se bañaron cada uno en un baño diferente. La amplitud de la casa no dejaba de sorprenderlos, en especial cuando entraban a alguna de las varias habitaciones vacías donde juntaban polvo algunos muebles viejos de madera oscura.
Ya cansados de correr por el pasillo los convencí que se acostaran. Había preparado para ellos la habitación que había sido de mi hermana, que daba a un patio interno donde años atrás hubo una parra y un parrilla de la que no quedaban más que unos cuantos ladrillos amontonados desprolijamente. Visto con ojos de adulto, era un patio feo, triste, rodeado de paredones demasiado altos para que el sol llegara directamente. Había en la casa varios lugares más cómodos y agradables. Sin embargo, vaya a saber por qué extraña razón la mayor parte de los recuerdos de mi infancia y juventud se concentraban en ese lugar. Era el lugar, también, donde mamá, ya sola y desconectada del mundo, se sentaba toda las tardes a rumiar los recuerdos que su cerebro encerraba, pero no podía compartir.
Ya acostados los chicos, y antes de apagar la luz, capturado por una emoción que por primera vez vez no quise contener, los invité a que se queden conmigo en casa, por el tiempo que ellos quisieran. Se miraron burlones, no me dijeron ni que sí ni que no.
A la mañana siguiente, de camino a mi entrevista recibí el siguiente mensaje:
Mirá Andy, probablemente pienses que te estoy evitando. Estoy confundida y no es un buen momento para mí. Quiero estar sola para pensar. Las cosas no están bien en casa. En fin, el punto es que creo que quiero darle una oportunidad a lo nuestro… si vos todavía quieres hacerlo. Llamame. Laura
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