En el cielo de acá
Al final resultó que morirse no era para tanto. Es decir, tanta expectativa, tanto miedo, tanta lágrima, no sé, me esperaba algo más espectacular: ver pasar mi vida como una película, o tener una claridad especial para entender los misterios de la existencia… algo… ni el túnel con la luz blanca, ni una paz espiritual, ni un fundirse en el cosmos. Morirse se siente como algo que te pasa de repente, sin verlo venir, como quedarse dormido y de golpe, puf!, ya está… del otro lado. Pensándolo bien, más que quedarse dormido, se parece más a despertarse, de un sueño profundo, como una mañana de domingo en la que te lleva, qué se yo, unos treinta segundos, un minuto, hasta que estás realmente conectado y consciente del tiempo y el espacio en el que estás.
Es que sobre la muerte propiamente dicha, nadie (de los vivos) sabe nada, ni quiere saber nada. De hecho, sólo la definimos por la negativa. Como otras tantas cosas en nuestro tiempo (el sexo, la comida étnica, el autoconocimiento) sostengo que la vida vida misma está totalmente sobrevaluada. Como si vivir estuviera taaan genial, no?. Es decir, vamos, todos lo sabemos pero no lo decimos en voz alta: un tercio de la vida te la pasás durmiendo, así que esa parte no cuenta. Otro tercio, más o menos, poniéndole el cuerpo a la nada de la oficina empujando papeles inútiles de manera que tu jefe no tenga excusas para echarte, mientras él por su parte, mueve los brazos con cara de preocupado para que nadie se dé cuenta que tampoco está haciendo nada importante. Por último, el más o menos tercio restante, se agota rápidamente de un ciclo de actividades que se repiten mecánicamente sin resultados, como cortarse las uñas o sacar al perro. En definitiva, máximo diez instantes en la vida merecen ser vividos. Como mucho.
Creo que no siempre fue así. Hubo épocas en las que la gente tenía razones para morir. Una razón para morir es un sentido para vivir. Yo diría que que fue en los sesenta, nos empezamos a creer que nuestra razón en el mundo es el disfrute individual, sensorial. Epicureismo. Disfrutá, reite, sé feliz de la manera más superficial que puedas, sé lindo, flaco y joven. Y sí, medio pelotudo también, ¿para qué lo vamos a negar? Sí, la vida y el placer están muy sobrevaluados en nuestro tiempo. Si el sentido de la vida es un atardecer en el caribe, con un daikiri servido adentro de un coco, quién daría su vida por eso?
Así que yo esto de morirme me lo tomé con soda. Osea, me podría haber cuidado más en vida? Probablemente, menos pucho, menos asado, menos fernet. Sí, qué sé yo, me habría podido agregar unos cuatro o cinco añitos por abajo de las patas. ¿Y qué habría hecho con ellos? ¿Habría encontrado una vieja en Tinder que me dé bola? En algún punto me parece que hasta les saque un peso de encima a los chicos, que están en la suya, construyendo sus caminos en la vida, y ya ni me visitaban casi nunca.
* * *
La entrada del cielo no es demasiado diferente a la recepción de un gran hotel 5 estrellas. Un mostrador de madera oscura, super lustrado, y detrás algunos chicos y muchachas extremadamente delgados, elegantes y prolijos que se dirigen a uno con respeto y ceremonia desde sus impecables uniformes negros. Todo brilla, como iluminado por el sol del mediodía. Por detrás caen unas cortinas blancas que cuelgan desde una altura indeterminada. Suenan temas de los Stones en versión bossa nova.
Me queda claro que se trata de una composición a partir de recuerdos, imágenes de experiencias mías en vida.
-Buenos Días, bienvenido a la eternidad. Lo estábamos esperando.- me recibe una morocha de labios tipo Angelica Jolie, ojos penetrantes y dientes blanquísimos.
- ¿Así que acá es donde venimos después de la muerte?- Siempre me salen preguntas tontas cuando me pongo nervioso.
- Efectivamente. Bueno, en realidad ésta es sólo una primera etapa. Aquí es donde se accede a toda la información sobre sus acciones en la Tierra y se evalúa si lo que le espera es una eternidad de castigo o de recompensas.
- ¿Y eso quién lo define?- Comienzo a inquietarme.
- La determinación está a cargo del Comité de Expertos- aparece un muchacho de lentes, casi un adolescente, también de riguroso uniforme y dientes tan blancos como los de Angélica. Se mueve con tal aplomo y seguridad que me resulta evidente que se trata de la persona a cargo. -El Comité está conformado por las principales mentes que han existido en el campo de la ética y la filosofía moral. Nadie ha existido más capacitado para evaluar sus acciones en la Tierra. De más está decir que sus resoluciones son absolutamente inapelables.
- Ah, pero que bien, me parece muy adecuado- Mi reflejo pusilánime de congraciarme con la figura de autoridad me acompaña hasta aquí, por lo que veo.
El muchacho ha desplazado completamente a la mujer, quien se ha corrido a un lado y lo mira con atención. Leo en su mirada que mi opinión sobre el Comité lo tiene sin cuidado. No intenta disimularlo.
-La composición del Comité -me ilustra- se revisa cada 200 años. En la actualidad los integrantes son Kant, Aristóteles, Nietzsche y Platón. Además participan Jesucristo, Buda, Gandhi y la madre Teresa.
-Y todos ellos conocen en detalle cómo fue mi vida en la Tierra? La vida de todas las personas? Como tienen tiempo?
-El tiempo aquí -me explica- es diferente a lo que usted está acostumbrado, es digamos... variable, relativo, flexible... En cualquier caso, en base a la calidad de sus actos, ellos van a determinar si su destino es quedarse aquí, o por el contrario, bueno… usted se imagina…- dice el muchacho, ya de salida, dándome la espalda y dejando el lugar en el mostrador a su compañera.
-Vamos a revisar algunos datos y lo hago pasar ante el Comité- me anuncia con voz impersonal.
- De acuerdo
- Nombre?
- Antonio Di Santo
- Fecha de Nacimiento?
- 23 de Noviembre de 1952
- Ultimo domicilio:
- Necochea 814, Lomas del Mirador, Provincia de Buenos Aires
Su mirada se enturbia a partir de mi última respuesta
-¿Algún problema?- pregunto.
- Bueno, si, algo parece que no está bien- Se la ve incómoda-. Usted... usted es argentino-. El jefe aparece por su espalda.
-Si, claro que soy Argentino.
El muchacho nuevamente se hace cargo de la situación -Usted disculpe Antonio. Se ha producido un un error, Usted no debería estar acá. Acá no entran no entran argentinos.
-¿¿¿Como?? ¿¿No hay cielo para los argentinos?? ¿¿Por qué??
- No, no. El tema es que este cielo es para gente de todas las nacionalidades, excepto los argentinos. Para los argentinos hubo que hacer uno aparte. Así que si me disculpa, le voy a ir pidiendo el traslado.
* * *
La recepción del cielo argentino no es muy diferente a la otra. Si fuera un hotel, sería de la misma cadena, aunque todo es un poco más chico, más opaco, un poquito, apenas, más desgastado, lo suficiente para que se note.
Me acerco al mostrador donde jovencitos de uniforme impecable se mueven de un lado al otro, hablando y gesticulando sin prestarme mayor atención. Pasan algunos minutos hasta que decido interrumpir su conversación:
-Hola, disculpen, ¿acá es el cielo de los argentinos?
Logro llamar su atención.
-Buenos Días, bienvenido a la eternidad. Lo estábamos esperando- me reciben con la misma fórmula que del otro lado me había parecido tan hospitalaria, pero que ahora me resulta impostada y falsa.
-Buenos Días, mire, me mandan del cielo internacional -no se me ocurre otra manera de llamarlo- Quisiera averiguar, ¿cómo tengo que hacer para pasar al Comité de Ética argentino? Ya conozco el procedimiento. ¿Necesitan confirmar mis datos? Mi nombre es Antonio ..
-Ah, si, el Comité- me interrumpe un chico aun más joven que el del otro lado, de rasgos casi adolescentes, marcado de acné. -¿Y para qué quiere ir al Comité?
-Bueno... mi destino está en juego por toda la eternidad, se imagina que para mì es una instancia muy importante. No he sido una persona perfecta, desde el punto de vista moral, se imagina, pero asi, a grosso modo, creo que fui una buena persona, digamos. Me tengo fe. Usted sabe si esta gente es muy detallista, muy exigente? De hecho, si fuera posible, me gustaría que me cuente quienes son los miembros del Comité. Usted sabe, yo no conozco mucho de los filósofos argentinos... Digo, para ir viendo qué me espera, y poder estar preparado.
-A ver, a ver. -Mi interlocutor revolea sus ojos hacia arriba y apoya ambas manos en el mostrador- Mire, la verdad es que el Comité no se reúne desde hace casi veinte años. Nunca se ponían de acuerdo: lo que a Sarmiento le parecía bien, a Sábato le parecía terrible, Borges y José Ingenieros no se podía ni sentar a la misma mesa, Favaloro vivía amenazando con renunciar. Belgrano corría de un lado al otro intentando poner paños fríos, pero era imposible.
-Y entonces- pregunto intrigado -cómo se resuelve el destino de uno para toda la eternidad?
-Bueno- arranca mi interlocutor con cara de tener diez cosas más interesantes que hacer que explicarme a mí el funcionamiento de la eternidad argenta- acá el sistema es así. De entrada,a cada uno le tocan 10 años de cielo. Terminados estos 10 años, vamos cinco al infierno y los cinco siguientes al cielo de nuevo y así, cinco años en cada lado, por toda la eternidad. Al principio los primeros diez años eran en el infierno, pero como la gente se quejaba mucho, y hasta hubo algún caso de violencia, entonces decidimos arrancar la rotación por el cielo, así evitamos conflictos innecesarios. Por otra parte, cinco años buenos y cinco malos, es más o menos como están todos acostumbrados a vivir allá abajo, no? Menos problemas de adaptación.
-Pero no es esto terriblemente injusto para las personas que se merecen el cielo?- sí, ya ven, cuando me pongo nervioso me salen preguntas tontas.
-Mire, Antonio, no? En confianza, que quede entre nosotros- baja el tono y por primera vez sostiene el contacto visual por más de un par de segundos- Yo soy uruguayo. Los que trabajamos acá venimos de abajo y estamos sumando puntos para ver si nos ganamos una temporada en el cielo. Yo creo lo mismo que Usted, pero acá no nos dejan discutir de política. En todo caso- se para erguido y retoma su tono de voz formal- la Ley autoriza al recién llegado a someterse a la decisión del Comité. Jugársela con ellos. Si le sale bien, se queda, si le sale mal, eternidad del lado de abajo. ¿Me explico? Pero le anticipo que en veinte años que llevo acá, no tuve ningun argentino que elija esta opción.
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